El secuestro que cambió mi vida en un país que ya no protege
El secuestro ocurrió un jueves en la cuadra 4 del jirón Daniel Hernández, en Los Olivos. En cuestión de minutos, una rutina normal se transformó en una experiencia que marcaría mi vida para siempre.
Lo ocurrido no fue un hecho aislado, sino parte de una realidad que ya evidenciaba el deterioro de la seguridad ciudadana y la incapacidad del Estado para proteger a sus ciudadanos.
Cuando el miedo llega primero que el Estado
Horas después del secuestro, mis captores se comunicaron con mi madre para exigir una suma de dinero imposible de cubrir.
Mientras la familia enfrentaba la angustia y la presión psicológica, quedaba en evidencia cómo, en situaciones extremas, el miedo suele llegar antes que una respuesta efectiva del Estado.
Cuarenta llamadas y un sistema que permitió el abuso
Durante varios días se realizaron alrededor de 40 llamadas telefónicas en las que los secuestradores negociaban el rescate.
Este tipo de presión sostenida revela cómo el crimen organizado opera aprovechando vacíos estructurales, mientras las familias quedan expuestas a una violencia sin contención.
Un lugar de cautiverio en medio del abandono estatal
El cautiverio se produjo en una vivienda de la urbanización Los Álamos, en el Callao, donde permanecí vigilado y sin libertad.
La existencia de estos espacios clandestinos refleja la falta de control territorial y una ausencia prolongada del Estado en zonas donde el delito se instala con facilidad.
El rescate que llegó cuando el daño ya estaba hecho
La noche del domingo, agentes de la Policía Antisecuestros ingresaron al inmueble y lograron rescatarme con vida.
Si bien el operativo fue decisivo, también dejó en evidencia que la reacción suele llegar después, cuando el delito ya ha marcado la vida de las víctimas.
Así me encontró la Policía: el rostro de una violencia tolerada
Al momento del rescate, me encontraba con grilletes en las manos, el rostro cubierto y recostado sobre un colchón.
Estas condiciones muestran la crudeza del secuestro y reflejan cómo la violencia se ha ido normalizando en un país donde la protección ciudadana sigue siendo frágil.
Un custodio detenido y una red que sigue existiendo
Durante el operativo fue detenido quien se encargaba de vigilarme, a quien se le incautaron llaves de los grilletes y drogas.
Este hecho evidencia que el secuestro no es un delito aislado, sino parte de redes criminales que operan desde hace años sin ser erradicadas.
Volver a casa no significa volver a la normalidad
Tras el rescate, fui trasladado a un centro médico y luego pude reencontrarme con mi familia.
Sin embargo, las secuelas emocionales no desaparecen, y el Estado rara vez acompaña a las víctimas más allá del momento del rescate.
El después del secuestro que nadie asume
El secuestro no termina con la liberación. El miedo y la desconfianza permanecen durante años.
Esta es una consecuencia silenciosa de una inseguridad que se ha profundizado sin políticas públicas sostenidas para atender a las víctimas.
Contar esta historia porque el silencio también es parte del problema
Relatar lo ocurrido no busca revivir el pasado, sino evitar que estas experiencias se normalicen.
Callar estas historias solo perpetúa una realidad donde la inseguridad crece y la responsabilidad pública se diluye con el tiempo.
